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Testimonio de Inés Damasceno sobre las inundaciones en el Valle de Cuiabá, Petrópolis, durante la Asamblea de Responsables de CL de América Latina, 19 de Febrero 2011.

Desde hace un año, soy profesora en el Valle de Cuiabá, la región de Petrópolis  una de las más afectadas por las lluvias de Enero de 2011.

Desde el Retiro de la Fraternidad del año pasado, me vengo preguntando y pidiendo para vivir lo que allí se habló (Vivir es hacer memoria de Mí).

En la escuela donde trabajaba murieron   cinco estudiantes del ciclo menor  (Brenda, Bernardo, Luis Felipe, Adán y Miguel) y tres adultos (Eva, Solange y María José). En esa región murieron más de 80 personas.

Y los testimonios fueron para mí la posibilidad de tocar con mano el cuerpo de Cristo, de vivir Su contemporaneidad.

El primer día  poco después de la catástrofe, fui a dos refugios, y las donaciones llegaban sin cesar.  Era visible el deseo de bien, de voluntad de ayudar a todos;  pero los voluntarios no se fijaban en las necesidades de aquellas personas:  llegaban, dejaban las cosas y se iban.

Esto me impactaba pues cuando llegaban estas donaciones, los damnificados se tiraban encima de ellas como animales, sin pensar, y yo entendía que era porque habiendo perdido todo, era la única posibilidad de tener de vuelta algo material para decir “esto es mío”.

Esto lo vi varias  veces, pero al final del primer día, después de rezar, les dije: “Escuchen,  ustedes son más que estas donaciones. Perdieron la casa, sus bienes, pero no perdieron su dignidad y el deseo de ser felices. No hagamos de esto una ocasión para discutir  y generar discordias entre vosotros. Miren que a pesar de esta tragedia,  aún queremos ser felices. Ayudémosnos.” Y les propuse rezar todos juntos un Padre Nuestro y un Ave María. ¡Y con qué fuerza rezaron! Volví a la casa cansada pero marcada por la fuerza de esa forma de rezar.

Al día siguiente, cuando llegué al albergue -  anduvimos tres  kilómetros a pie porque no pasaba ningún transporte - algunos me llamaron y me dijeron:  “Inés, gracias por recordarnos de rezar ayer.  Hagámoslo hoy de nuevo.”  Esto me ayudó mucho.
Y me dijeron :  Es Él.

El sábado, don Filippo, nuestro obispo fue a celebrar la misa. Pero esto lo supimos sólo veinte minutos antes de que él llegara y con qué belleza arreglaron el lugar, la misa, el mantel,  en medio de aquellos  escombros y donaciones. Hasta  un crucifijo colocaron.

Estuvieron presentes el alcalde y todas las autoridades del municipio de Petrópolis, y fueron ellos quienes leyeron las lecturas. Al final, el alcalde pronunció unas palabras , pero no dijo nada.

Yo estaba cansada y triste y mientras ordenaba  las donaciones, me lamentaba, ¡qué politiquería!, ¡qué tristeza!.
Y , Aparecida, una señora que lo perdiera todo,  me dijo : "A mí tampoco me gustó, pero finjo que sí me gustó y así sale lo mejor de mí:  Jesús.¡La misa fue hermosa! "  ¡Y pensar que yo me  pasé la misa lamentándome y no me dí cuenta que era para Él y con Él!  Fue necesario que Aparecida me dijera :  ¡Era Él!

Y tantas otras cosas conmovedoras.

Kelly, tiene 35 años, está casada y es madre de 3 hijos.  Ella estaba en el segundo piso de su casa con toda su familia y algunos parientes cuando sintieron un gran estruendo; sintieron que la casa se cimbraba y de repente, se vieron arrastrados por la corriente producida por las aguas lluvias. Era de madrugada y estaba muy oscuro.  La fuerza del agua era tal, que no podía sostener de la mano a su hijo Miguel (6 años), que fue arrastrado: pero Miguel fue rescatado por su padrino y Kelly rescató a su la hija mayor, Mariana.  Sucedió de  milagro, ya que fueron arrastradas por lo menos unos  800 metros,  logrando  aferrarse a un árbol. Ella quiso seguir  siendo arrastrada por la corriente para acercarse a otros niños, pero su hija la convenció de quedarse allí. Después de un tiempo lograron refugiarse en la capilla del Sagrado Corazón y allí  esperaron con muchos otros el amanecer.

Al día siguiente, encontraron al  hijo del medio, en el techo de una casa y al hijo menor lo encontraron muerto, abrazado al cuello de su  padrino a quien tanto amaba.

La fe de Kelly me conmovió mucho, porque dijo: "Estoy muy triste por la partida de mi Miguel, pero sé que Dios me quiere mucho, ya que podría haberse llevado a mis tres niños, pero sólo tomó a Miguel,  para que yo continúe siendo madre. "

Juninho,  otro alumno de once años, me contó que el día anterior a  las lluvias había peleado con su mejor amigo y que juraron  nunca más ser amigos. Pero cuando vio la cantidad de agua que se llevó su casa y la de su amigo -  eran vecinos de una casa pareada – y mientras estaban todos juntos viendo cómo salvarse, encontrándose con su amigo le pidió perdón y después pensó: "si me muero y llego al cielo  peleado con mi mejor amigo, qué va a pensar Dios de mí."

Y después me lo contaban riéndose los dos en el refugio donde se encontraban.

Vi un cuerpo siendo retirado  de los escombros cinco días después del desastre. Nunca había visto nada igual. Pero me vi con una ternura por aquél  hombre,  no sentí ninguna extrañeza, ni miedo; si no que  pensando que podría ser mi padre o mi hermano y que Jesús me preparaba a mí  también para ese momento para yo hiciera  memoria de Él,  recé por aquél hombre. Y desde entonces, él se convirtió en uno de los  amigos por  quienes rezo y pido por su paz. Entendí nuevamente, la contemporaneidad de  Cristo.

El señor Agostinho,  de 78 años, que perdió todo, pero cuya familia se salvó, me dijo: "Con toda esta tragedia, estoy aprendiendo una novedad, porque si todo esto no hubiera pasado, yo estaría tranquilo, pero así tengo que recomenzar  todo de nuevo, emprender  a los 78 años,  y entiendo que así no envejeceré .Es todo nuevo y así no me voy a envejecer"

Inmediatamente me vino a la mente :  ¿Puede un hombre siendo viejo nacer de nuevo? Sí!

Y, finalmente, les aseguro que era la Virgen quien  salvó a muchas personas, ya que la fuerza era tal que fue un milagro quien  se salvó. La imagen que tenemos en el patio de la escuela donde yo trabajaba, tiene marcada a la altura  de las manos el nivel al que llegó el agua.  Como si ella, María, detuviera toda esa fuerza.

La imagen no estaba anclada en el oratorio, pero milagrosamente no se cayó y se mantuvo firme para sostener a la gente también  ahora, después de todo lo sucedido y para recordarnos es nuestra madre  y que ella está y estará siempre con nosotros.

 

   
 
       
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